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Con el post anterior doy por finalizada la presentación de “mi idea de lo que pueda ser el tiempo”. Ahora toca reflexionar sobre los perjuicios que la falacia del tiempo como dimensión real pueda causar al confundirnos en los enfoques y preguntas que hagamos acerca de la realidad.
La “provisionalidad” de las “teorías”
Evidentemente, yo no considero que mi propuesta del “eterno presente” sea el fiel reflejo de la realidad. La historia nos ha mostrado repetidamente que “la realidad” se nos escabulle de nuestras concepciones mentales como las ranas de las charcas cuando pretendemos atraparlas con las manos. Pero eso no es óbice para que se busquen nuevos planteamientos que eviten las incoherencias o incongruencias de los anteriores. Y, que, a su vez, permitan abrir portales por los que quizás se puedan vislumbrar nuevos e insospechados aspectos de la realidad; como así ha sucedido con las teorías de la relatividad. (Aconsejo la lectura del libro “La estructura de las revoluciones científicas“, de Thomas Kuhn).
La inducción a preguntas desorientadoras
Las convicciones marcan nuestros objetivos y las preguntas que nos planteamos para lograr alcanzarlos. Imagina a un turista que está convencido que el pueblo de Valencia del Ventoso pertenece a la provincia de Valencia. Cuando vaya a la estación de tren preguntará por las salidas para la provincia de Valencia, y no por las salidas hacia Badajoz. En ese caso, es de suponer que el empleado del despacho de billetes le sacará de su error. ¿Pero suponte que todos los empleados de la estación y transeúntes también están convencidos de que Valencia del Ventoso está en la provincia de Valencia? Probablemente le venderán un billete a Valencia capital, y desde allí intentará buscar combinación para llegar al pueblo, al cual no llegará mientras no haga las preguntas adecuadas.
El objetivo de todos nosotros es conocer la realidad en la que nos desenvolvemos. Pero ¿no crees que algo similar puede estar pasando con las preguntas que nos induce la idea de que el tiempo es una dimensión real? ¿Que esas preguntas nos puedan llevar en dirección equivocada o aprisionarnos en bucles que no tienen salida? Lo cierto es que bajo la concepción del tiempo como dimensión real mantenemos tenemos preguntas sin respuestas.
Pero, es más: Si es que lanzas las preguntas a la naturaleza mediante experimentos, las respuestas que encuentres las interpretarás mediatizado por tu idea de que el tiempo es una dimensión real. Construirás y vivirás “tu realidad” en base a “tu creencia”, “tu fe”, en un concepto vacío de vínculos con la realidad. (Aconsejo la lectura de “Ideas y creencias“, de José Ortega y Gasset: “Creencias son todas aquellas cosas con que absolutamente contamos, aunque no pensemos en ellas. De puro estar seguros de que existen y de que son según creemos, no nos hacemos cuestión de ellas, sino que automáticamente nos comportamos teniéndolas en cuenta“).
¿Cuándo comenzó el tiempo? ¿Tuvo el tiempo un inicio? ¿Fue creado el tiempo? ¿Se terminará el tiempo? ¿Qué habrá cuando acabe el tiempo? ¿Qué había antes de que existiese el tiempo? ¿Por qué no puedo viajar al pasado?
Esa es una muestra de preguntas que nos sugiere la idea de que el tiempo es una dimensión real. ¿Cuántas respuestas has encontrado o leído en estudios bien fundados? Yo, ninguna.
En cambio, bajo el enfoque del “eterno presente” y los “tiempos particulares” de las entidades existentes cuestiones similares no quedan sin respuesta.
La generación de otros conceptos falaces
Como Eris con los Pseudólogos, la idea de tiempo como realidad genera en nuestras mentes otros conceptos también vacuos y desconectados de la realidad. De esta forma, el concepto de tiempo como dimensión real multiplica su “capacidad” de inducir preguntas desorientadoras, a razón de un factor multiplicador por cada concepto generado. He aquí los dos bien conocidos y perturbadores de las mentes inquisitivas (sinceramente, no creo que haya muchos más, aunque sí un tercero, que no lo trato porque no es del todo evidente su conexión con la idea de tiempo):
La Eternidad
Este concepto está íntimamente ligado a la idea de tiempo. Planteado bajo la óptica del tiempo como dimensión real es cuando las preguntas que evoca desbarran en conclusiones disparatadas e incoherentes con el resto de conceptos que podamos albergar en nuestra mente.
En el fondo, el concepto de tiempo como dimensión, aunque no se corresponda con ninguna realidad, al menos lo imaginamos como una especie de carretera, celuloide cinematográfico o línea, como decía Kant. En cambio, la idea de eternidad escapa a nuestra imaginación, y nada en absoluto hay en la realidad que pueda sugerirnos ese concepto de eternidad. Si llegamos a esa idea es por pura abstracción derivada de las líneas geométricas, que no tienen principio ni fin. Pero al igual que la infinitud de las líneas geométricas o los números naturales, ninguna conexión tiene con la realidad material de nuestro mundo.
Me disgusta la asociación que muy habitualmente se hace con los conceptos de eternidad y Dios. Particularmente cuando se realiza bajo la idea de tiempo como dimensión real. Las confusas y desatinadas conclusiones que pueda sugerir acaban contaminando y desacreditando la idea de Dios (entraremos en estas cuestiones).
Bajo el enfoque del “eterno presente” sí es posible dar contenido coherente a la idea de “eternidad”. Aunque ese vocablo no sería el más adecuado por las connotaciones que ya arrastra al asociársele mentalmente a la idea de tiempo como dimensión real.
La Nada
Otro concepto vació, confuso y perturbador es el de “la Nada”. Absolutamente “nada hay” en la realidad, la naturaleza, el Universo, el Cosmos, o el “más allá” que pueda sugerirnos la idea de “La Nada”. Incluso nuestra imaginación se resiste a representárnosla.

Llegamos a esa idea también partiendo del concepto de tiempo como dimensión real. Cuando los desbarres mentales sobre la “eternidad en el tiempo” acaban saturando nuestras mentes, tornamos el enfoque hacia la otra posibilidad lógica, aunque no real: que la dimensión tiempo tenga un inicio y un fin.
Nuevamente nuestra creatividad mental esparce preguntas: ¿Que había antes? ¿Qué habrá después?
Y, claro, ¡cómo no! Nuestra “fértil” mente nos proporciona la respuesta más lógica: Nada. Nada había antes del tiempo. Nada habrá después. ¿Qué podría haber?
Pues bien, sobre ese “nada” se ha sustentado el concepto de “la Nada” dándosele categoría de “entidad ontológica”. Véase en este ejemplo y este otro cómo se pueden “cansar neuronas” reflexionando sobre “nada”. ¡Esto sí que es “crear algo de la nada”!
Por cierto: En ninguna parte dice la Biblia que Dios creo el mundo de la nada (salvo en el libro apócrifo 2 Macabeos: “Te ruego que observes el cielo y la tierra, y pienses en todo lo que hay en ellos. Dios hizo todo esto de la nada, y de la misma manera hizo la raza humana” [7:28]. Ciertamente, muy poco inspirado estuvo el autor cuando considera que también de la nada hizo Dios a la raza humana. El término hebreo בָּרָא (bará) suele ser traducido por crear, pero en el contexto bíblico se asocia a la idea de establecer orden y estructurar funciones. Y Génesis 1: 1-2 no habla de crear de la nada. Bien pensado, sería un poco “chocante” que el Dios ya existente se autoconsiderase “nada”. La idea de la creación de la nada (creatio ex nihilo) no se asentó como doctrina hasta el segundo siglo de la era cristiana.
¿Las preguntas no perjudican?
Quizás estés pensando: ¿Y qué importa? Una pregunta sin respuesta no puede hacer daño.
Pues sí importa, puesto que, además de tiempo perdido inútilmente, impiden que te centres en otras vías de reflexión y análisis que podrían llevar a buen puerto. Cuando estás en una vía de reflexión o investigación “equivocada”, no buscas en las orientaciones correctas, interpretas resultados de forma sesgada y terminas fabricando constructos desconectados de la realidad, con lo cual reinicias un nuevo ciclo de “despistes”. Por fortuna, como bien decía Thomas Kuhn, de vez en cuando surgen nuevas y atrevidas propuesta que a la larga consiguen reorientar el curso de las convicciones generalizadas,
Un buen ejemplo es Einstein, que con sus “experimentos mentales” y las herramientas matemáticas que elaboró con la ayuda de su profesor Minkowski consiguió introducirnos en la “era de la relatividad”, que tanto ha influido en la ciencia y la técnica. Aunque en la mayor parte de su vida no se deshizo de la idea de tiempo como dimensión real, no descarto que al final de sus días sí lo consiguiese. Si no, ¿cómo entender lo que escribió a la familia de su amigo Michele Besso: “…la separación entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión persistente”?
Y es que es difícil de asimilar que, si el tiempo es una dimensión real, a la vez sea diferente para cada entidad en función de donde esté (por lo de la intensidad gravitatorias y la velocidad a la que se desplace). En cambio, cuando no pensamos en dimensión tiempo, si no en tiempos particulares de procesos existenciales diferentes para cada entidad, a mí no me cuesta imaginar que cada proceso existencial se desarrolle a diferentes velocidades; y que a pesar de ello se puedan inter-coordinar con referencia al más influyente en su entorno: el conjunto de rotaciones tierra-sol.
En el próximo post veremos cómo encuadran bajo el planteamiento del “eterno presente” las cuestiones que quedan sin respuestas bajo el enfoque del tiempo como dimensión real.
(El 17/05/2026 todos los enlaces incluidos hasta aquí estaban activos)
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Recuerda: Aunque no lo parezca, todos estos posts van en la línea de intentar entender cómo Dios pudo diseñar el universo “desde su eternidad”. Y, quizás, también ayude a intuir cual sea la naturaleza de la divinidad. |
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